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El otro día vino a casa un vecino. El mismo que pasea a su perro chulo en las mañanas como si llevara de la soga a un Rottweiler. La razón de esa visita era el agua. Mi barrio es una especie de desierto y la gente tiene sed. No quiere continuar encorvada toda la vida hacia la acera, colocando mangueras, encendiendo turbinas y halando con una bomba de aire el primer chorro del día.

La calle donde vivo se empina y son los vecinos de la loma quienes más sufren la falta de agua. Temprano sacan los asientos al portal y esperan su llegada. Cuando lo hace, vociferan, corren, se ponen “contentos”, nerviosos… Deben llenar tanques, cubos y pozuelos, porque nunca volverá a venir por la pluma.

En mi barrio las personas son esclavos del agua. Ella los humilla, los obliga a trabajar de más, a doblar el lomo a la hora antojada. Al inicio bastaron los huecos en la acera para instalar los ladrones (las turbinas) y las mangueras tiradas a lo largo de la calle; ahora necesitan el chupón. Le llaman así a la bomba de aire que succiona el líquido, arrancándolo de alguna entraña.

El vecino, el dueño del perro chulo, es profesor universitario y médico. Depende del chupón y de las pipas. Pero un día llegó a casa en la tarde, no tenía para bañarse ni cocinar y el conductor de la pipa le dijo que el agua ya estaba comprometida. Mi vecino no puede más. Le ha escrito cartas hasta Poseidón y su boca continúa reseca. Aguarda la próxima factura que tendrá que pagar por agua sin tenerla.

***

Miguel y Leonardo son otros dos vecinos, de los que, honestamente, estoy a punto de esconderme. Para ambos tengo la obligación de solucionar el problema de los salideros, los huecos y la limpieza de la cuadra.

—¡Abogado, mire esto, horrible la ‘cochiná’. No hay barrendero por aquí hace tres años!— indica Miguel, para quien abogado y periodista significan lo mismo.

—Oye, compadre, ¡tú has visto cómo corre la mierda por la calle!—apunta Leonardo.

Yo les comprendo y comparto esas preocupaciones por querer vivir dignamente. Todavía ellos guardan esperanzas, pero ¿y lo demás? ¿Se acostumbraron a lo sucio? ¿A la desatención a sus reclamos?

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Un día de estos habrá una asamblea en el barrio a la que asistirán el dueño del perro chulo, Miguel, Leonardo. Allí volverán a exponer sus inquietudes para luego retornar a casa sin respuestas, temiendo que llegue el momento de resignarse a la rutina sedienta, mugrosa y residual.