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Yo descubrí a Ray Bradbury en la edad de leer a George Orwell. Fue hace poco, cruzaba los 20 años y ninguno de esos autores me resultaba cercano. No sabía ni de Fahrenheit 451 ni de 1984.

Según las etiquetas, a Bradbury llegaba tarde. El libro que usurpaba mis noches era considerado, despectivamente, “literatura juvenil”. Lo encontré, por sugerencia de un amigo, tirado en el piso de una librería… ¡montones de Crónicas Marcianas por solo dos pesos cubanos!

Comencé a leerlo algo predispuesto. La ciencia ficción me parecía hasta entonces un tanto aburrida. Pero luego del primer madrugón, con los ojos desvelados, sin pensar en las horas, la fascinante historia de la colonización de Marte por los humanos consiguió atraparme en su desierto azul, con ciudades en ruinas y barcos navegando sobre la arena.

Terminé sobrecogido tras la lectura de aquellos relatos. Como Borges, llegué a preguntarme: “¿qué ha hecho este hombre de Illinois (…) para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”.

Bradbury había logrado conmoverme con su terrible retrato a la ambición y el egoísmo. Con él viajé a Marte para comprender cuanto en realidad ocurría en la Tierra. Después de leer sus Crónicas Marcianas, fui colonizado por los impulsos de cambiar, amar la vida en plenitud y ser mejor persona cada día.

Recuerdo que hasta intenté regalar el libro a alguien. Dos veces redacté la dedicatoria y dos veces me arrepentí de hacerlo. Le arrancaba las hojas, y lo guardaba de nuevo, escondido entre otros textos, aunque siempre a la vista.

Finalmente, se lo obsequié a una amiga por su cumpleaños. La enamoré primero de Ray Bradbury, y cuando estuve convencido de que lo leería, no tuve más dudas. Al día siguiente, llegó excitada por la lectura del libro. Le dijeron también que Crónicas Marcianas era “literatura juvenil”, pero ella siguió rumbo al espacio…

Sin edad.