Todavía conservo en casa el papel que certifica aquella experiencia.

Hoja de egreso

Hotel Deportivo Centro de aislamiento COVID-19

FI (Fecha de ingreso): 15/9/20

FE (Fecha de egreso): 22/9/20

Lo guardo como si fuese el comprobante de un electrodoméstico en garantía. Es el recuerdo más tangible de ese episodio que nunca esperamos contar, del que tanto temimos y nos cuidamos durante 2020, pero que, por carambolas de la vida, terminó tocando a mi puerta.

Corrían las primeras jornadas de septiembre cuando se reportaron en Cienfuegos dos nuevos casos de coronavirus, tras meses en que la provincia mantuvo a raya a esta enfermedad. El hilo de contactos directos e indirectos parecía estirarse en las cifras, al punto de que, sin entender cómo, me descubrí en el círculo de los posibles sospechosos.

De lo que sucedió después, puedo afirmar hoy que se trató de una fatal coincidencia. De un día para otro comencé a desarrollar algunos síntomas comúnmente asociados a estados gripales —a los que por regla no damos mucha importancia—, pero que en el escenario de la COVID-19 habían adquirido otra connotación.

Mi alergia era pronunciada, con secreciones nasales que apenas cedieron a los fármacos que ingerí. El malestar general y la tos seca se incorporaron con las horas, y luego, la fiebre alta. En casa, por precaución, decidí aislarme del resto de mi familia; sin embargo, ante la probabilidad de ser contacto indirecto de los casos diagnosticados, el cuadro tenía todas las señales.

Aquel martes 15 de septiembre, en la tarde-noche, salí hacia el Hospital Provincial Dr. Gustavo Aldereguía Lima, convencido de haber hecho lo correcto. El Cuerpo de Guardia era un desierto, irreconocible, totalmente ajeno al habitual trasiego de personas que suele generarse en este lugar. La atención fluyó con rapidez. Los médicos, en sus “trajes de cosmonautas”, hicieron sus indagaciones, preguntaron por mis síntomas, orientaron una radiografía, y, tras el obligado protocolo, determinaron que presentaba una alta condición de sospecha, por lo que debía ingresar en uno de los centros de aislamiento existentes en la ciudad de Cienfuegos. Fue así que, a las 9 p.m., me hallé acostado en otra cama.

La habitación lucía confortable; todo lo contrario a las circunstancias. No podía asomarme siquiera al pasillo, para abrir la puerta a médicos y personal de servicio tenía que usar siempre el nasobuco. Además, estaba solo, acompañado por camas vacías, un televisor y opresivas paredes de color carmelita. Supongo que a esas cavilaciones iniciales debo los dolores de cabeza que sufrí luego, los que, por suerte, desaparecieron con el paso del tiempo. 

El teléfono se convirtió, irremediablemente, en mi principal distracción. Me negaba a encender la TV para escuchar los partes informativos sobre la COVID-19 en Cuba. Los días fluían entre la cama y el celular, y sin distinción entre ellos, salvo por las transiciones de mañanas y noches que fueron acumulándose. Por momentos, era como estar fuera de este mundo, aislado dentro de una mole de cemento que simulaba otra galaxia.

Tras cinco jornadas de la más estricta cuarentena, de dos pruebas de PCR aplicadas, la espera también se tornaba desquiciante. Aunque mi rápida mejoría de salud apuntaba a que el resultado del examen sería negativo, el sentimiento de incertidumbre conseguía superarme. Libraba el estrés con los mensajes de amigos y colegas en redes sociales, las canciones de Jorge Drexler y Carlos Varela, y la relectura de algunos textos que guardaba en el móvil. Hubo tardes en que salía al balcón del cuarto y disfrutaba la puesta del sol entre las torres de nuestro estadio de béisbol.

Ahora, más allá del encierro, la posibilidad de estar enfermo y de haber contagiado a otros hizo de mis días en aislamiento una aventura angustiosa. Gracias a Dios solo fue eso. El martes 22, en la mañana, recibí la confirmación de mi PCR negativo y, seguido, el alta médica. Todavía conservo en casa el papel que lo certifica. Él es la raíz de una historia que hubiese preferido no contar.