La belleza del David

Aquel día mi profesor de Historia del Arte Universal colocó al machismo contra las cuerdas como el más virtuoso de nuestros boxeadores. Le preguntó a un amigo si el David, de Miguel Ángel, le parecía un hombre bello y este se rehusó a admitirlo con el típico argumento de quien quiere asentir, pero siente que no debe: “No profe, no, qué voy a decir yo que un macho es bello”.

La interrogante siguió flotando en el aire, ahora con cierta impertinencia del profesor, que a toda costa buscaba una respuesta de las especies del género masculino que poblábamos su clase.

-¿Por qué podemos decir que el David es un hombre bello?, inquiría en medio de un murmullo incómodo, mientras los del género masculino sacábamos nuestras cuentas: “¿pero el profe es gay?”; “no caballero, si él tiene mujer”; “entonces pa’ qué este tipo pregunta eso”…

La historia de una de las obras maestras del Renacimiento pendía de una incógnita desconcertante, sin razón de ser para las neuronas varoniles concentradas en un aula. Hasta que por fin… “un valiente”.

-¿A ver, dígame usted, por qué el David es un hombre bello? (Ya el profe disfrutaba reiterar la pregunta).

-Luce atlético, esbelto, musculoso; representa la virilidad, exponía el alumno sus motivos ante las ofuscadas miradas de la tribu masculina. Pero la respuesta aún no era suficiente.

-¿Y tú consideras que es un hombre bello?, insistía el profesor.

-Sí profe, es bellísimo.

Lo era, por supuesto, también para él y posiblemente para la matrícula de varones de mi grupo universitario, presos de anticuados convencionalismos del que tuvo que despojarse el mismísimo Miguel Ángel, allá entre 1501 y 1504, para recrearse en los alborotados rizos del pelo, en el perfecto modelado de las venas, en músculos y tendones de las manos, en la relajación de la pierna izquierda, en la expresividad amenazante del rostro.

A 515 años de su develación y emplazamiento en la ciudad italiana de Florencia, la colosal escultura del David, esculpida en mármol blanco, de 5,17 metros de altura y alrededor de 5,5 toneladas, se considera todavía la representación más acabada del cuerpo masculino por el logrado equilibrio entre lo emocional y lo físico.

“…aparición preciosa para revelar a los otros ojos como la veo con los míos”, escribió Miguel Ángel, sin el titubeo retrógrado de quienes hoy, en pleno siglo XXI, se resisten a entender de que la belleza humana no discrimina a nadie de su disfrute y admiración.