1La “fortuna” de Arimao

Sobre las apacibles aguas del río Arimao, la vida corre menos caudalosa. La salita de televisión construida en una de las cimas del pueblo, es como su otra fortuna, además del río, que le da nombre y singularidad dentro de la geografía de Cienfuegos.

El júbilo de sus moradores ante nuestra llegada, “los invitados”, lo dice casi todo. La sala está llena, los asientos ocupados; no cabe un alma más. Al fondo, sobre las mesas, hay cake, bocaditos y refrescos. La fiesta comienza…

“Felicidades Rita en tu día…”, le canta el auditorio a la funcionaria que me acompaña. Quedo un poco boquiabierto, sin entender mucho el sentido de la cobertura periodística a la cual he sido enviado.

-No puedo creer que esta señora me trajera a su cumpleaños, pensé, antes de sucederse la inmediata y necesaria aclaración

-Las felicidades son para todos, dijo Rita. Por los 17 años del programa de las salas de televisión. Su rostro, sin embargo, no puede esconder la emoción que prendió el gesto.

Animadas coreografías, canciones y números humorísticos asaltan el limitado escenario que separa a los “artistas” de su público. Son parte del proyecto cultural comunitario Ritmao, algo así como “Arimao con ritmo” o “Ritmo de Arimao”.

Fieles seguidores disfrutan del “espectáculo” desde las afueras del local. Asoman sus ojos, curiosos, por las persianas, o se amontonan en la única puerta de acceso.

La salita de televisión es para ellos, en tiempos de wifi y datos móviles, su conexión con el mundo. Se construyó, de mampostería, en 2006, luego de que un ciclón volara la estructura de cartón y bagazo de años atrás.

2La “fortuna” de Arimao

Desde entonces, recibe diariamente a unas 20 personas. Por las mañanas, ofrece el servicio extendido de rehabilitación a pacientes infartados, con artrosis u otro tipo de patología o discapacidad; mientras que, en las tardes y noches, se convierte en el centro recreativo más importante del pueblo.

Solo quince minutos, no obstante, aíslan a Arimao de la ciudad de Cienfuegos, incluso sin que el auto acelere. El recorrido por el circuito sur es hermoso y excitante: la carretera se empina y desciende, entre el frondoso marabú que la rodea, cual si fuera una montaña rusa.

En pleno siglo XXI y atosigados por la tecnología, a veces me sorprende lo aldeanos que somos. Tan cerca, y jamás había visitado ese asentamiento del municipio de Cumanayagua, donde residen 2 mil 243 personas. No menos absurdo encuentro en el sentimiento de periferia que los embarga, al reconocerse “distantes”.

La entrada al pueblo es sosegada: de un lado, el puente y el río; del otro, las montañas todavía lejanas. Y allí mismo, casi en su pórtico, la salita de televisión que preside y marca las horas. Nada casual tiene que la celebren tanto, aunque para todos no siempre sea así.

Un hombre de tez negra, sentado sobre el reverso de un cubo, me cuenta que su madre está muy enferma, “muriéndose, sin poder caminar. Es una anciana y tampoco tiene pensión”.

La rabia lo apresa de momento y llora como nunca he visto en un extraño. No sé qué decirle. Luego se levanta y camina adonde el resto festeja el onomástico de la salita de televisión. Su cuerpo, y sus penas, van contoneándose, alegres, al compás de la música.