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Recién me preguntaron por qué nunca dejaría de ser periodista y respondí “chapoleteando” en la interrogante (imagínense, yo que varias veces he estado a punto de tirar la toalla).

Que si “desnudar la realidad”, que “si mostrar una realidad humanizada”. Me puse romántico. Ni Heredia ante el Niágara.

Bueno, el verbo “desnudar” hasta me ganó el justo apodo de una amiga: “el pornógrafo de la realidad”.

Luego, en casa, con los pies sobre el suelo y la cabeza, por suerte, en su lugar, los argumentos que esgrimí no me resultaron tan disparatados, con vuelo poético incluido.

No dejaría de ser periodista, porque es mayúsculo el gozo de desvertir la ciudad y el país que vivimos.

No dejaría de ser periodista, porque cada prenda quitada son historias sin contarle al público.

No dejaría de ser periodista, porque es preciso lavar la ropa que se acumula en el cesto, por el bienestar de todos.

No dejaría de ser periodista, porque solo el afán de encuerar lo cotidiano, justifica el sentido de serlo.