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Cuando a inicios de febrero se publicaron, en el 5 de Septiembre, los resultados —poco halagüeños— de Cienfuegos en la XIII Comprobación Nacional al Control Interno, me dije lo que Fito Páez en una de sus más sentidas canciones: ¿quién dijo que todo está perdido?

Las llamadas telefónicas de los lectores a la redacción del periódico por cumplir, a fin de cuentas, con nuestra responsabilidad pública y social, revivieron uno de esos viejos principios defendidos a capa y espada por el gremio periodístico: la necesidad de una información más transparente.

También, la inconformidad de algunos aludidos en la nota —señalados por daños económicos y supuestos hechos delictivos y de corrupción—, terminó por darnos la razón en medio de la polvareda.

Esa práctica de apuntar con el dedo y exponer abiertamente a quienes laceran el proyecto socialista cubano, ponderó el compromiso ético de nuestra prensa en aras de ofrecer una información fidedigna al pueblo. Nada tan efectivo como nombrar a lo mal hecho.

La claridad con que la Contraloría Provincial reveló entonces los resultados que funcionarios nacionales calificaron de “negativos de manera general” —en presencia de autoridades del territorio, directivos del sistema empresarial y medios de comunicación— pautó un ejercicio al que mucho le deben todavía organismos e instituciones: rendir cuentas de su gestión al pueblo.

En el balance anual de la Contraloría General de la República, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel fue enfático en su llamado a erradicar la corrupción, el delito y las ilegalidades en el país, a saber de unas 4 mil 800 medidas disciplinarias aplicadas como consecuencia de eventos de malversación. Dijo, literalmente, que se trataba de una “batalla ética”.

Unos meses antes, en la clausura del X Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), su espaldarazo a una comunicación acorde con las actuales exigencias, quedó sellada en las palabras finales de su discurso: “… está por parecerse más al país que somos, el que nuestros medios muestran”.

El reto, y obligación, de situar nuestras realidades frente al espejo, continúa siendo, pues, esa provocación cotidiana que elegimos quienes, al igual que otros tantos cubanos, sentimos y padecemos las situaciones que nos lastran, al margen de las fabulaciones que el imaginario popular infiere de nuestras firmas en el periódico, la radio o la televisión.

Frente a los nuevos derroteros que se anuncian con la aprobación de una política que regulará el accionar de la comunicación en el archipiélago, el reconocimiento de la información como bien público y la censura al secretismo, abren otra puerta más que ojalá no sea obviada.

Al asumirla, de modo competente y anclada siempre en la transparencia, será indispensable no detenerse en la entrada y dar el paso siguiente. Ese que nos reclamaba un lector al conocer los resultados de la auditoría en Cienfuegos: “¿Y cuándo le van a poner el cascabel al gato?”.