Los que soñamos por el cine

Desde que los hermanos Lumiére estrenaran aquella primera película de solo 46 segundos (Salida de los obreros de la fábrica Lumiére en Lyon Monplaisir, 1895), el cine conserva esa magia de hipnotizar a sus espectadores, con la simpleza de unas imágenes, agrandadas, que no paran de moverse.

Incluso en la era de Internet y de un montón de aparatos digitales —algunos de los cuales caben hasta en los bolsillos—, la pasión por el séptimo arte se muestra perdurable. Basta oír a los chamacos de hoy día preguntar por “el filme que cayó” para advertir que, muy a pesar del vendaval tecnológico, persiste aquel encanto que arrebató a más de uno en la época de mis abuelos, cuando los cines de la ciudad de Cienfuegos proyectaron La vida sigue igual (1969).

Ese furor envolvió luego a nuestros padres durante los años en que fue moda ir al cine a ver el noticiero. Nunca entendí bien tamaño fanatismo hasta que por azar, un día, degusté el mismo plato que le servían entonces al público antes de rodar la película. El Noticiero ICAIC Latinoamericano —del reconocido documentalista Santiago Álvarez— era cosa de chuparse los dedos.

No recuerdo ahora, con exactitud, la primera vez que me encontré ante la gran pantalla. Pero debió ser, seguro, de la mano de mi madre, en una de aquellas tandas infantiles que corrían los fines de semana. El fotograma más cercano que guardo en este instante se remonta casi a la adolescencia, en las butacas de un cine de barrio: el Jagua, del reparto La Juanita.

Fue allí donde, junto a mis amigos, comencé a descifrar el espíritu del invento al que los propios Lumiére le negaron toda posibilidad de futuro. Las multitudes, el pago en la taquilla, las luces apagadas, los murmullos en la oscuridad, las reacciones del auditorio (risas, gritos, palabrotas) y los ocasionales aplausos que rompían con los créditos, generaban un ambiente tan disfrutable, solo superado por las trepidantes historias de ficción que nos cautivaban.

El último largometraje que creo haber visto en el cine Jagua, fue el cubano Amor vertical (1997). No lo olvido así de fácil por un detalle, posiblemente baladí, pero significante para quienes no podían contarse entre los mayores de 16 años: los senos de Silvia Águila, a color y en pantalla grande. Uno de mis socitos llegó a taparse los ojos como si fuera un filme de terror.

Al paso de las estaciones, el Jagua se convirtió en una improvisada discoteca para muchachos con acné, en la azotea del inmueble. Aquello duró par de veranos, hasta que alguien comprendió lo primitivo y contaminante que resultaba esta iniciativa. Para el cine del barrio representó el ocaso: la antítesis del final feliz al que estábamos acostumbrados.

Sería el primero de la ciudad que vería morir, cual soldado de un drama bélico. Antes tuve tiempo para gozar a carcajadas, en el cine Prado, con las ocurrencias de dos fiñes que nos descubrieron otro país en un viaje aciago (Viva Cuba, 2005). Para quedar fascinado con el exotismo de Nicole Kidman, en Moulin Rouge (2001). Para mandarme tremendas colas por gusto: (Perfecto amor equivocado, 2004).

En el Luisa —principal sala cinematográfica de Cienfuegos— disfruté de filmes que exhibieron cuando el DVD se hallaba en su apogeo. De aquellos años, recuerdo el estreno de Habanastation (2011). Desconozco el porqué, pero fue un fenómeno a tal punto que, a un pariente mío, lo pusieron a controlar la entrada y poco le faltó para ser arrollado por el tumulto.

Todos esos momentos desaparecieron después en la penumbra de los cines. Las habituales carteleras comenzaron a ausentarse de sus paneles de cristal, las taquillas fueron clausuradas y las luces de las salas nunca más volvieron a encender. Llegué a notarlo mucho antes de que cambiaran sus usos o les colgaran el “cerrado por reparación”. De pronto mi mejor atuendo envejecía en los percheros.

El revuelo que hoy despierta Inocencia (2018) —largometraje de Alejandro Gil, ganador del Premio de la popularidad en la edición 40 del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano—, es un poco la excusa de mis evocaciones. Dicen que se trata de una película vibrante, conmovedora y, según su director, hecha para verla en cines. Nada como vivir las emociones a lo grande; él lo sabe y recomienda, aunque otros no tendremos más opción que simular que se nos estruja el pecho frente al televisor de casa.