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Siempre que nos reunimos en casa con familiares y amigos, y no sé por qué razón caemos en el temita de la infancia, siento que salgo en desventaja. Por malcria’o esencialmente. Por las perretas históricas para no ir al Círculo. Por acabar con la paciencia de mi madre aquel día en que rodé como si fuera una pelota por la calle. Por treparme en la antena del televisor porque sí, porque estaba aburrido. Por ser más desobediente que la propia acepción de la palabra. En fin, porque yo siempre fui de hacer lo que me viniera en gana, y eso no podía ser, y ya. Estaba enfermo de ser niño. Porque la malcriadez no es otra cosa que la enfermedad de la infancia. No se cura con nalgadas ni castigos; tampoco con una semana sin ver muñequitos… Sana, irremediablemente, creciendo.  

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