Lluvias de junio en Cienfuegos provocando grandes inundaciones.

Por poquito me ahogo en la barriga de mi madre el primer día de junio de 1988. No puedo contarles ninguna experiencia personal porque, de veras, estaba en el vientre; pero conozco, por ella, relatos de esas intensas precipitaciones que humedecieron hasta su propio embarazo. Se dice que nunca llovió tanto en Cienfuegos como entonces, cuando, en apenas seis horas, cayeron sobre la ciudad más de 500 milímetros de agua. Y se dice también que estos, los aguaceros de mayo de 2018, solo son comparables con aquellos, los ocurridos hace 30 años, lectores, mi edad casi.

Ah, por cierto, lo de “Nunca llovió tanto…” no es exageración mía. Algo parecido aseguraba un titular del periódico local en la edición impresa del viernes 3 de junio de 1988: “Nunca antes conoció Cienfuegos un desastre del tal magnitud como el ocurrido en las últimas horas”. Desde el mismísimo miércoles 1ro de junio, el entonces diario 5 de Septiembre alertaba sobre la necesidad de prestar atención al estado del tiempo, así como a los reportes de la Defensa Civil, debido a las lluvias asociadas a la pirmera depresión tropical de aquel año.

En realidad, en la provincia había comenzado a llover 72 horas antes de publicarse el primer parte oficial por las continuas precipitaciones. Pero el “acabose”, como ya les he dicho, y sí, es matraca mía, fue el propio día 1ro de junio. Algunos de mis colegas aún guardan entre sus canas anécdotas muy íntimas de esa jornada en que la lluvia cayó arrasante, al punto de obligar a la evacuación de unas 20 mil personas en improvisados albergues. Yo, pues, latía en la panza de mi madre, a quien las inundaciones le soprendieron del trabajo a la casa, con el agua guareciéndose bajo sus senos.

Varias arterias de la anegada Perla del Sur se hicieron intransitables, aunque los daños más severos ocurrieron en barrios ubicados en zonas bajas de la ciudad, como San Lázaro. Allí sí que fueron grandes los estragos: “las aguas de los ríos y arroyos desbordados penetraron en comercios y viviendas, arrasaron casas y las pertenencias de sus moradores…”, informaba, con inmediatez, la edición impresa del “5”. No obstante, lo más doloroso, y triste, no fueron siquiera las 125 mil viviendas dañadas solo por el río Caunao, ¡imagínense!; tampoco la pérdida de equipos electrodomésticos ni las afectaciones a la agricultura; nada de eso… Lo más doloroso, y triste, vino con la noticia de los once cienfuegueros fallecidos también en apenas seis horas, la mayoría ahogados.

Los sucesos incitaron a otra visita de Fidel a Cienfuegos —acompañado por el presidente afgano Najibullah— y, como era de esperar, lo llevaron a la comunidad de San Lázaro, donde cientos de vecinos se agolparon a su alrededor para saludarlo e intercambiaron con el Comandante sus vivencias de la tragedia. Aquel encuentro todavía puede vivirse ahora en las páginas amarillentas del 5 de Septiembre, que tuvo la “exclusiva” en portada y predecía, con certeza, que “los minutos de Fidel en San Lázaro pasan a la historia…”.

Los días sucesivos, como ya era costumbre, la prensa continuó informando sobre la evaluación de los daños, las acciones de recuperación, las apremiantes medidas higiénico-sanitarias y las decisiones aprobadas por el gobierno cubano para favorecer a los damnificados por la tempestad. Mi experimentado colega Héctor R. Castillo Toledo lo advertía así, con nota melancólica, en sus Tres horas de vuelo desde al alba hasta el poniente: “Es jueves y el sol irradia por lo de hoy y lo dejado de brillar ayer”. El mismo resplandor, acaso, descubrieron mis ojos 30 años después, en la tarde del martes 29 de mayo, tras los días grises y húmedos que tiraron de estos recuerdos.