Abuelo-y-los-paracaídas-Girón

Aquel día abuelo no imaginó que terminaría faja’o contra los mercenarios, pese a conocer de la convocatoria de Fidel a los milicianos para incorporarse a sus unidades. Pero abril no era un mes de flores, sino de balas cruzadas de un lado a otro: del cielo a la tierra, de la tierra al cielo, entre olas y barcos después. Abuelo casi no sabía nada.

Tomó su café de las mañanas y salió de casa rumbo al trabajo (unos almacenes de víveres del Instituto Nacional de Reforma Agraria), creído del regreso a la tarde, del reposo sobre la almohada, de las horas idas sin explicación ni sudor.

Su destino cambiaría desde el momento en que llegó a la intersección de las calles de Santa Elena y Prado, en la ciudad de Cienfuegos. Una guagua y un carro anunciaban el desembarco en Playa Girón, recuerda, mientras acorta las pausas, se emociona o le busca orden al relato.

“Yo monté en la guagua y fui para casa de los Lora”, dice de repente, con el impulso recobrado de sus 21 años, cuando no era mi abuelo ni pensaba serlo. A las 3:00 de la madrugada, del 17 de abril de 1961, llegó a Yaguaramas como miembro del Batallón 326, y luego lo enviaron a la zona de Galindo.

Allí el enfrentamiento directo fue contra paracaidistas y mercenarios que huían, pues la pelea fuerte comenzaba desde el central Australia hacia adelante, en el camino de Jagüey Grande a Girón, donde los aviones tiraron, se sentían las explosiones y la tierra temblaba. Abuelo no miente, aunque tampoco se resta un ápice de heroicidad.

De sus compañeros nadie murió, pero guarda con celo una hoja amarillenta que enumera a los cubanos caídos en el combate: de la Escuela Responsable de Milicias, 22; del Batallón de la PNR, 18; del Batallón 339, 17; del Batallón 116, 14; de la Guarnición del INRA, 9…; 156 revolucionarios.

Tras la victoria del 19 de abril, sus días por Yaguaramas, Galindo y San Blas se extendieron hasta inicios de mayo, ahora en una operación que llamaron “la limpia”, consistente en la captura de mercenarios perdidos y la recogida de armamentos. Él no recuerda cuándo llegó a casa, porque el momento importante fue haber subido en aquella guagua sin que nadie le obligase.

Dice que lo hizo por conciencia, por los beneficios a los jóvenes, trabajadores y campesinos en tan poco tiempo de Revolución. Dice que había que defenderse. Dice que no sintió miedo, ni siquiera en las noches, cuando del cielo desaparecieron las estrellas y abrieron fuego los paracaídas.