Día del Amor -La Fogata de Roberto Alfonso lara

El parque les espera siempre al mediodía como a dos enamorados en su primera cita. No son los mismos de entonces, mas en ellos aún perdura la costumbre de tomarse las manos e ir juntos a dónde fuere. El amor es una rueda de olvidos, pero hay detalles que se resisten al color sepia de las fotos, a la pesadez del tiempo y a la propia naturaleza de la vida. Lo sabe Nelson, y lo siente, sin saberlo, su esposa Aleida.

Casi sesenta años de matrimonio se acomodan sobre el banco, mientras corretean los muchachos, pasean los turistas, vuelan las palomas y otra hora realza el tono blanquecino de sus cabellos. El parque Martí, de la ciudad de Cienfuegos, es el sitio obligado de cada jornada como alivio a los recuerdos ausentes o yacimiento para nuevas remembranzas. Algo allí los redime cuando ambos insisten en retornar a diario.

Nelson tiene 76 años y cuida a Aleida, de 79, desde la época en que vivieron en el municipio de Cruces. Él trabajaba con sus tíos en una bodega y ella en la zapatería de al lado. Allá se conocieron, enamoraron y casaron al “nuclear cosas”, “afinidades” y sentir la necesidad de “tenerse cerca”. Eran muy jóvenes para imaginar entonces todas las estaciones compartidas o los fotogramas extraviados luego entre el amasijo de hojas secas.

Las memorias de su relación todavía descansan en la lucidez de Nelson. Él evoca por ambos aquellos viajes a Santiago de Cuba, Varadero y Guanabo que tanto les gustaban. Pero Aleida no solo ignora esas postales, sino el sentido de lo que fueron. Desde hace cinco años padece de alzhéimer y acaso su única retentiva es saberse acompañada por el hombre que la lleva al parque todos los días y le descubre el paisaje desde el ventanal de casa.

Descifrarla ahora resulta difícil cuando su lenguaje cede casi al silencio. Sin embargo, Nelson busca complacerla y hasta compra libros que le enseñan “cómo mejorar los cuidados del enfermo dependiente”. El afecto es su remedio para ella, y también para él ante los escasos episodios de irritación. La persistencia de su matrimonio anida en la cercanía que los unió y en el respeto edificado al paso de incontables primaveras.

Señales de aquel viejo idilio los sorprenden a ratos en la soledad de su hogar. Ella le acaricia el pelo, le besa en el rostro, y Nelson le corresponde con similares gestos. A veces repasan juntos las fotos de la boda y Aleida reacciona alegre al reconocerse joven en las imágenes. El amor es una rueda de olvidos, pero hay detalles que nacieron para ser recuerdos, incluso en la demencia de los años.

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