A man decorates a tree with lights ahead of Christmas in a Christian slum in Islamabad

Sus luces pestañean en la  noche de la sala: azules, verdes, amarillas, rojas. De las ramas le cuelgan lazos y bastoncitos, bolas de colores y cajitas envueltas en papel de regalo. Es un pino, y es de plástico, con  sus raíces también de plástico, sus luces artificiales y encima un montón de cositas, todas hermosas, pero falsas. Diciembre llega y la Navidad enciende en los hogares, aunque su espíritu divague entre los alaridos de la moda y el mercado.

Yo en casa tengo igual mi arbolito, con una guirnalda de flores y otra de uvas. Lo quiero, lo mimo y todavía me pierdo en sus destellos como aquel niño que fui, con los ojos extraviados en el follaje del árbol vecino, cuando en casa apenas se amontonaban hojas secas. Fue de pequeño una obsesión tan grande, que mamá me regaló el suyo, hecho por ella, de plástico y alambre, con un montón de cositas, todas hermosas y sinceras.

Tiempo después, aún con el otoño en la puerta, llegó para diciembre otro arbolito, con una estrella dorada en la punta, un rabo de gato plateado, y diminutos bombillos que parecían pintados con plumón. Este era, sin  dudas, bonito, seductor como el del vecino, pero desprovisto de la gracia maternal. Cuanto tenía de bello, le faltaba de alma. El de mamá dialogaba conmigo; el otro, ajeno y costoso, no exhibía mi verdad.

Ahora que ya el pino está viejo y con las ramas algo marchitas, lo hallo más cerca. Su artificio se desmorona al paso de los años, él casi siempre en el suelo o en la misma mesita del televisor, y yo ahí, mirándolo, extasiado, como si compartiéramos juntos por primera vez. Lo sofisticado de mi arbolito es hoy lo rústico. Los de las tiendas y negocios florecientes no han vivido. Por eso lucen así, tiesos y plásticos, con el comprobante de  pago hecho bolita entre las ramas, cual si fuera nieve.

Hay en las casas arbolitos pequeños, medianos y grandes, a gusto de las familias y de su dinero. Y hay casas donde no crecen pinos en diciembre. Que nos deslumbren los árboles majestuosos y las guirnaldas, no hace invisible lo que no vemos: otros ojos, cándidos, alucinando entre lazos y bastoncitos, y luces de colores, tan luminosas e inalcanzables en su firmamento. Los días navideños son la ostentación de la fe. Cada parpadeo de sus bombillos irradia también un halo de oscuridad.