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Los recuerdos de nuestros años de estudiante casi siempre son más fuertes cuando ya no lo somos. Solo nos queda entonces la añoranza, algunas fotos sobre las que volvemos en días nostálgicos, en una noche de desvelos, para repasar quiénes fuimos y qué hicimos. Los recuerdos de nuestros años de estudiante a veces se reducen a la etapa más latente, quizás porque todavía está ahí, tan cerca, que creemos en la posibilidad de atraparla.

Mis recuerdos, los más bonitos, se aferran a la vida universitaria pese a todo. Hasta el cuarto año de la carrera les decía a mis compañeros de Periodismo— en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas— que ahora sí lo dejaba, pero al aproximarse la hora del egreso y descubrirme después en la defensa de tesis, con título en mano y en el instante de una última foto… ¡ah, en ese momento no quería irme!

Algunos amigos siempre me reprocharon que tendría poco para contar cuando deseara compartir con la familia fotogramas de aquella etapa. Y en parte, es cierto. No puedo hablar mucho de fiestas ni farándula, pero las noches de estudio en los pasillos del Rectorado, las manías y caprichos de los profesores, los personajes asumidos en las jornadas de Festival, los continuos ridículos en cada edición de los Juegos Criollos, el “disfrutable” menú del comedor y mis accidentes con la bandeja, las intimidades vividas juntos en la Beca… se  amontonan en la singularidad de mi álbum y dificultan su caza.

Hay noches, melancólicas, que acomodo la cabeza sobre la almohada y repaso en mi laptop las fotos. Las revivo entre risas y suspiros, al reconocer distante ese mundo y saberlos a todos, a mis compañeros de aula, solo cercanos en Facebook. Una triste alegría siento al evocarlos así, en sepia. Entonces me abruma el temor de los años y el hecho, acaso inevitable, de que con el tiempo algunos detalles puedan extinguirse.

 

 

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