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Mamá siempre le otorgó al calzado una importancia capital. Ella lo cree con el poder de mejorar cualquier tipo de vestuario. Una ropa más o menos elegante, combinada con un buen par de zapatos, marca la diferencia. Así decía mientras se miraba al espejo para confirmar su tesis.

-¿Cómo luzco ahora?, me preguntaba luego de varios minutos absorta en su propia indagación.

-Bien mamá, bien, respondía con el ánimo de que terminara aquella extenuante rutina.

Era algo disparatado: blusa para aquí, saya para allá…, pero en los pies nada variaba. No obstante, el resultado final rozaba lo perfecto. Lucía bella. El atuendo elegido con rigor arquitectónico, gastado, sencillo, despuntaba como nuevo, en admirable fusión con sus únicos zapatos.

Yo, pequeño, apenas tenía conciencia sobre la difícil situación económica que afrontábamos en casa, y en Cuba. Nunca miré hacia abajo para ver el tipo de calzado que llevaba. Tampoco falté a la escuela por ese motivo. El sacrificio siempre le tocó a mamá.

-¡Ay virgencita, ay Dios mío!, se dijo después de sacar un tropezón que la dejó descalza en medio de la calle. Sin dinero para reparar las sandalias, ¿cómo volvería al trabajo?, ¿hasta el próximo cobro?…

La suerte fue el zapatero que le vendió, a plazos, otras sandalias por 25 pesos.

-Estaban hasta bonitas, Robe, recuerda.

Otro día soltó el tacón en un pedregal, allá por el reparto de Junco Sur, en la ciudad de Cienfuegos. No le quedó más remedio que ausentarse por varias jornadas a su puesto laboral.

Los períodos de crisis se tornaron cosa seria con el asunto de los zapatos. Ahora, cuando ella comparte conmigo las anécdotas, lloramos de la risa. Pero imagino su dolor, y me parece terrible la idea de los pies desnudos, debatiéndose en esa mísera circunstancia.

Una alianza de oro que le había obsequiado abuelo fue en otro momento su salvación. Compró un par de tenis blancos para ella, y a Daniel, mi primo, le regaló unos de color rojo.

-No había más opciones en la tienda. Él tenía diez años, estaba ‘culeco’, pobrecito; no quería poner los pies en el piso, relata.

El consuelo de mamá es que, allá donde trabajaba, la desgracia era compartida:

Irene recuperó unos mocasines raspados con pintura de aceite.

Margarita contaba que se le quemaban los pies camino al barrio de Reina.

Silvia, “La niña de los hoyitos”, ocultaba con parches los agujeros en sus tenis.

Todas coincidían en el valor simbólico de los zapatos, y lo estimaban. Pero luego de varios minutos componiendo su imagen frente al espejo, supieron conformarse siempre con el visto bueno de los hijos.

-Sí, mamá, te ves bien.