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Para él una vez fui Roberto; ahora, Obama.

—¡Obama, Obama!— me grita con desespero en la calle, e intento esconderme, no escucharlo.

Su locura lastima. Apenas rebasa los 30 años, tiene ojos desequilibrados y porte de mendigo.

Lo conocí en la infancia, en los “buenos tiempos” del Periodo Especial, cuando los adultos hacían magia para poner sobre la mesa un huevo, una sopa, un plátano. Pero lo de nosotros era estudiar y mataperrear por el barrio. Nunca llegamos a intimar, aunque su amistad con mi primo Daniel, nos hizo coincidir muchas veces en el mismo espacio y en la misma pandilla.

Recuerdo que le llamaban El Ruso.

En él no había nada extraño, ninguna señal que nos llevara a deducir luego su perturbación. Mataba lagartijas como todos, tiraba piedras como todos, tocaba puertas en las noches como todos, reía y parecía alegre como todos. ¿Cómo imaginar entonces que la felicidad costara la cordura?

Pasaron los años, y el propio tiempo pautó la distancia entre ambos. No supe más de El Ruso hasta el día que apareció en casa a preguntar por Daniel. Lucía diferente: su mirada inquieta acompañaba aquel comportamiento raro, frío, trastornado.

El cambio fue brusco. Todavía no hallo el instante en que El Ruso dejó ser tal para transformarse en el loco que recorre las calles, descalzo, con pantalón sucio, camisa rota y dientes picados. Poco quedó del chico risueño y travieso que compartió con los “amigos” una comelata de fruticas venenosas, hasta terminar juntos en el hospital.

Ahora lo encuentro en El Prado, el Bulevar… incluso, a la entrada del periódico. Hace piruetas con las manos, ríe descontroladamente unas veces, agrede otras.

—Oye, te dije que esa es mi ‘jeva’, te lo dije—me advierte con rabia, unos segundos, y después continúa el camino, bajo el solitario amparo de sus alucinaciones.

Me reconoce, pero no dice Roberto, sino Obama.

—¡Obama, Obama!— me grita en cualquier parte. Su locura duele, desquicia; asumirla es difícil…

Él también, una vez, fue El Ruso.